¡Llegando a España!

Esnupi 09 Mar, 2016 En los zapatos de Dorothy, Viajando con Esnupi , , , ,

Llegando a España 3No voy a hablar de todos los monumentos espectaculares que vi en mis primeros días en España, pero desde el punto de vista de una joven de 19 años que viene a descubrir el viejo continente, todo era una aventura, y todo me producía un gran ¡wow!

Como canadiense siempre tuve curiosidad por saber quién fue el loco o la loca que cruzó el charco para descubrir un continente. Parece obvio cuando conoces la historia de España, pero como canadiense solo estudiamos desde el momento en que Cristóbal Colón llega al Caribe por primera vez y pasa todo tipo de peripecias, para hacer mucho más que solamente descubrir un país, un continente, ya que abrió las puertas a un nuevo mundo literalmente. Aunque no voy a enrollarme con lo que ya conocéis, mejor os voy a contar mi historia.

Yo era una joven de 19 años con mucha iniciativa, ganas de vivir, trabajar, descubrir el mundo, o más bien comerme el mundo. Llevaba un tiempo trabajando en un hotel. Para poder continuar en la empresa me propusieron enviarme a un hotel de las mismas características en Argentina. Esto fue en 2001, y no hace falta que os recuerde como estaba Argentina en ese momento, con corralito y caceroladas, por lo que no pude irme. Pero se me había metido en la cabeza aprender español, y a mí cuando se me mete algo en la cabeza, no hay quien me lo saque. Sin entrar demasiado en detalles, decidí apuntarme a un programa de Au Pair en España, como una oportunidad «barata» de aprender el idioma. Aunque cuando os cuente mis comienzos, veréis que no fue exactamente así.

La agencia me adjudicó una familia de San Sebastián, por lo que rápidamente compré mis billetes de avión para iniciar mi aventura. Comenzó ya mal, por un retraso en los vuelos. Mi avión llegó a París un día más tarde de lo previsto, y la compañía me ofreció como solución, darme un billete a Hendaya, en vez de a Bilbao, para llegar así a tiempo a mi nuevo «trabajo».  Cuando llegué a llegué a Hendaya, como canadiense, hablo francés, por lo que me creía que con eso era suficiente para coger un taxi y llegar hasta San Sebastián. Ilusa de mí. En ese momento descubrí que el francés de Francia, o más bien del sur de Francia, es completamente diferente y me costó horrores hacerme entender.

Cuando al fin pude subirme en un taxi, el taxista empezó a contarme que no iba a España, sino  que me quedaba en el País Vasco y que para ir a España tenía que ir más al sur. Yo no entendía muy bien de lo me hablaba, bueno, no entendía nada de nada. Entre charlas y explicaciones que no tenían sentido para mí, llegué hasta la puerta del edificio en el  que vivía la familia con la que me iba alojar. Al fin había llegado a mi nuevo hogar. Toqué a la puerta y me recibió una señora que parecía muy amable. Empezó a mostrarme la casa, me enseñó mi dormitorio y empezó a hablar y hablar y hablarrrrrrrr!!!!! En este momento descubrí en el tremendo fregado en el que me había metido

La agencia me envió a San Sebastián, teniendo en cuenta que yo no sabía nada de español, asegurándome que por la cercanía con Francia, podría defenderme perfectamente en francés sin problema… pero obviamente, ni mucho menos, esto no fue así.

Me establecí en la casa, conocí a los niños que iba a cuidar, y tuve la gran fortuna de que iban al colegio en Hendaya por lo que hablaban perfectamente francés. La señora hablaba algo de inglés, lo que hizo que dentro de la casa, me pudiera defender bastante bien, pero claro… había que salir al exterior.

Y llegó el lunes. Dos días después. Debía llevar a los niños hasta la parada del autobús. Menos mal que ellos sabían decirme dónde estaba, porque ese «portal» verde no se parecía en nada a una parada de autobús, a ninguna al menos que yo hubiera visto en mi vida. Los niños se marcharon y yo me quedé sola en la calle. Después de dar unas cuantas vueltas, me perdí… Así que ahora me tocaba preguntar cómo llegar hasta mi nueva casa. Afortunadamente me  había fijado en el nombre de la calle y en el número del edificio. Paré a un hombre que pasaba por allí y le pregunté si hablaba francés. La respuesta fue que no. Paré a otro, y a otra, y a otra… y así hasta que después de unas 15 personas, por fin encontré a una señora que hablaba algo de francés. La señora muy amable me preguntaba por la calle en la que vivía y yo le respondí, muy segura de mí misma que vivía en la calle «Kalea». Para los que no lo saben, la palabra «Kalea» en Euskera quiere decir CALLE. Imaginaros la cara que me puso la señora. Yo empecé a ponerme histérica, porque ni móviles, ni google maps… Después de pensar mucho, tuve una idea con respecto a una alternativa al «nombre de mi calle». Recordé que había un parque delante del edificio, que tenía una estatua muy peculiar, así que se la describí a la señora que afortunadamente la reconoció.

Y empezó a explicarme. Y ¿sabéis cómo dice un español a una guiri cómo llegar a un sitio? «Cuando llegues a la casa que antes era azul, pasas un pasaje que era de Don… y luego giras a la derecha, te vas a encontrar con la esquina del antiguo Alcalde y allí has llegado.» Esta vez era mi cara la que era un poema. ¿Cómo iba a saber la casa que antes era azul, de quien era aquella estatua y mucho menos cuál era la esquina de dónde vivía el antigua Alcalde de San Sebastián?.

En fin, después de muchas vueltas encontré por fin mi camino. Llegué justo para recoger a los niños del autobús, que regresaban del colegio. ¡Menos mal! Un día entero dando vueltas… buscando la casa que antes era azul, y no olvidando nunca que Kalea es calle. ¡Así fue mi llegada a España! Aprendí por primera vez en mi vida, lo que significaba estar realmente perdida.

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